marzo 03, 2026

Mi cuerpo ya lo sabía

 


Antes de que alguien pronunciara la palabra, antes de la ayuda profesional, antes de leer artículos, antes de entenderlo en teoría...

Mi cuerpo ya lo sabía.

Yo no tenía el lenguaje para explicarlo, pero mi cuerpo sí me daba señales, señales que durante mucho tiempo ignoré porque nadie me enseñó que eran importantes. Cuando me emocionaba demasiado, repetía frases de películas, de series o de canciones. No era porque quisiera ser graciosa ni porque estuviera actuando. Era que la emoción era tan grande que necesitaba salir por algún lado, de alguna forma, y salía así: en ecos prestados, en diálogos que ya existían, en palabras que contenían emociones que necesitaba expresar. Esa era mi ecolalia, aunque entonces no lo supiera. Era mi manera de regular lo que me desbordaba

A veces daba brincos, pequeños saltos eufóricos, como si la alegría fuera electricidad recorriéndome las piernas. Hacía sonidos extraños, ruidos que no pasaban por ningún filtro social, sonidos que eran pura sensación. La gente no lo entendía y yo tampoco sabía explicarlo, pero era mi cuerpo intentando equilibrarse. Era mi stimming, mi forma natural de liberar energía cuando algo era demasiado... incluso cuando era demasiado hermoso.

Mi cuerpo ya lo sabía.

Cuando rechazaba ciertas comidas. Había olores que me invadían, texturas que me parecían imposibles, sabores que me saturaban. Yo pensaba: “Seguro soy alérgica”, “Seguro esto me cae mal”. Era más fácil creer eso que aceptar que algo que solía gustarme podía ser físicamente insoportable para mí. No era capricho ni exageración. Era hipersensibilidad sensorial. Era mi cuerpo diciendo “esto es demasiado” cuando mi mente todavía intentaba encajar.

Con el tiempo, mi profesional también le puso nombre a otra parte de esa historia: ARFID, un trastorno evitativo y restrictivo de la ingesta alimentaria. No era que yo “no quisiera comer”. No era rebeldía ni drama. Era una relación con la comida atravesada por la sobrecarga sensorial y emocional. Mientras todos repetían “tienes que comer”, yo decía “no tengo hambre”, y nadie entendía que a veces no era falta de hambre; era saturación, era bloqueo, era un cuerpo que no podía procesar más, pero nadie me enseñó a ver eso como válido.

Mi cuerpo ya lo sabia 

Lo sabía en los momentos en que desaparecía dentro de algo que me apasionaba. Cuando una idea me atrapaba, cuando un tema me encendía por dentro, el mundo podía dejar de existir. Podía pasar horas, incluso días, investigando, creando, leyendo, analizando, sin sentir hambre, sin notar el paso del tiempo, sin registrar el cansancio. No era disciplina extrema ni obsesión “productiva” como a veces lo llamaban; era hiperfoco. Era una concentración tan intensa que todo lo demás se desdibujaba. Y aunque muchas veces ese hiperfoco me dio talento, profundidad y capacidad de crear con intensidad, también me desconectaba de mis necesidades básicas. Mi cuerpo se quedaba en pausa mientras mi mente estaba completamente encendida.

Y luego estaban las películas.

Escenas que para otros eran pequeñas, momentos normales como una conversación tranquila, un personaje siendo escuchado de verdad. Cuando alguien decía: “Te entiendo.” Cuando alguien validaba a otro, cuando había comprensión genuina... Ahí yo me rompía y las lágrimas salían sin permiso.

Una emoción profunda, casi antigua, me atravesaba. No era tristeza exactamente. Era algo más hondo, era como si mi cuerpo reconociera algo que había estado buscando: Comprensión, escucha, aceptación sin corrección.

Y mientras otros seguían viendo la película con normalidad, yo tenía que bajar la cabeza, limpiarme rápido o mirar hacia otro lado.

Porque ¿Cómo explicar que esa escena “simple” era para mí una avalancha? Me daba vergüenza llorar por algo que los demás consideraban insignificante.

Así que aprendí a disimular mi hiperempatia para evitar las risas ajenas cuando una escena me desbordaba el alma... 

Pero mi cuerpo nunca dejó de saberlo. Sabía cuando estaba sobreestimulada, sabía cuando necesitaba silencio, sabía cuando una emoción era demasiado grande para caber en lo socialmente aceptable. Yo no estaba rota. Estaba sin traducción, sin mapa. 

Hoy miro hacia atrás y no veo rareza; veo a una niña, a una adolescente, a una mujer intentando regularse en un mundo demasiado intenso con las herramientas que tenía. Repetir frases era mi forma de comunicarme, brincar era mi manera de liberar energía, evitar comidas era protección, llorar era hambre de ser entendida.

Pero mi cuerpo no me estaba traicionando... Me estaba hablando; y ahora que tengo el lenguaje, no quiero callarlo más.

Mi cuerpo ya lo sabía.

Yo solo necesitaba aprender a escucharlo sin vergüenza.

Entradas populares