Durante mucho tiempo repetí la historia que otros dijeron sobre mí: Que era problemática. Que buscaba pleitos. Que reaccionaba de más. Que hacía tormentas donde no las había.
Y como no entendía lo que me pasaba, me lo creí y a veces hasta cree escenarios para darle cabida a esa versión de mi porque me hacia ''fuerte''... Aunque no real.
A veces me miraba y trataba de encontrar esa maldad que decían que tenía. Me preguntaba si de verdad era tan difícil como parecía. Si había algo dañado en mí que los demás podían ver y yo no. Pero lo que había no era maldad...Era cansancio.
Estaba cansada. Cansada de la gente constante, del ruido que nunca se apagaba, de la rutina que me exigía una energía que no tenía. Cansada del trabajo diario, de las conversaciones largas, de analizar gestos y tonos para no equivocarme... Cansada de intentar ser normal.
Intentar ser normal me agotó más que cualquier otra cosa en la vida.
Me obligaba a sobreexigírmelo todo. A quedarme, a comer cosas que me incomodaban por dentro. A tolerar olores que me daban dolor de cabeza. A sonreír cuando algo me dolía. A callar cuando algo me parecía injusto.
Y lo hacía todos los días.
Después de socializar, aunque lo hubiera hecho “bien”, necesitaba un día entero en cama para recuperarme. Después de ciertos viajes, incluso si habían sido buenos, necesitaba silencio, distancia, oscuridad. Pasaba más tiempo en cama del que quería admitir. Me costaba bañarme, comer, hacer tareas simples. Y me decía que era floja, que era exagerada.
Pero no era floja... Estaba drenada.
Habían cosas pequeñas que me desarmaban por dentro. Un cambio de planes a última hora. Un cambio de opinión sin aviso. No ser elegida. No ser tomada en cuenta. Yo ya me había preparado mentalmente. Ya había organizado mi energía. Ya había aceptado el esfuerzo que implicaba. Y cuando todo cambiaba, algo en mí sencillamente colapsaba.
Entonces explotaba.
La ira salía sin filtro. El llanto. El silencio brusco, la fuerza desmedida. Y después venían las críticas. Que dramática, conflictiva, mala... narcisista.
Y yo volvía a creerlo.
Pero si soy honesta, nunca gané nada explotando. No manipulaba. No calculaba. No perseguía ningún objetivo. Perdía más de lo que cualquiera podía imaginar. Perdía vínculos, estabilidad... paz. Me quedaba sola con la culpa preguntándome qué estaba mal conmigo.
A veces pienso que si tan solo las personas que juraron amarme se hubieran detenido a pensar qué me pasaba, a buscar soluciones, a investigar, ver que había algo en mis reacciones que no eran ''normales'', a profundizar un poco más… tal vez algo habría sido distinto.
Pero no lo hicieron.
Y lo más doloroso es que yo tampoco lo hice.
Yo también me juzgué. Yo también me llamé difícil. Yo también me exigí de más. yo también apreté mis propias cadena a las versiones que decían de mi, porque la que meno se conocía, en realidad, era yo.
Cuando finalmente tuve el diagnóstico en mis manos... Perfil compatible con TEA + AACC, lo sostuve como si sostuviera mi propia historia. Treinta y seis años de vida cupieron en catorce páginas y cinco sesiones.
Treinta y seis años intentando entender por qué vivir se sentía más pesado para mí que para los demás.
No era mala.
Era un sistema nervioso saturado. Era una mente sobreestimulada. Era una persona que aprendió a aguantar demasiado. Era alguien viviendo meltdowns sin saber que tenían nombre.
Yo no quería guerra.
Yo quería paz.
Pero mi paz necesitaba menos ruido, menos cambios bruscos, menos exigencia, menos máscaras y más previsibilidad. Necesitaba permiso para irme cuando estaba cansada. Permiso para decir que no quería ir. Permiso para ser como soy sin que me importe que me digan ''rara''.
Cuando entendí que estoy dentro del espectro, no sentí vergüenza.
Sentí ternura.
Ternura por quien se había obligado a tolerarlo todo. Ternura por quien salía aunque sabía que terminaría exhausta. Ternura por quien se miraba preguntándose por qué era tan difícil vivir dentro de su propia piel.
No era conflictiva. No era narcisista. No era mala.
Soy profundamente sensible a todo en un mundo que no siempre sabe qué hacer con la sensibilidad.
Y ahora, cuando recuerdo mis explosiones, ya no me castigo.
Las entiendo.
Porque nadie explota por gusto.
Explota cuando ha aguantado demasiado tiempo sin permiso para ser quien es y tratando de ser, sin éxito alguno, cómo otros querían.
Yo no era difícil.
Estaba sobrecargada.
Y ahora que lo sé, me trato con la compasión que siempre necesité.
