Fragmento I — La mirada
No es la luz ni la sombra lo que advierte de su presencia.
Es la mirada.
Esa mirada fija y penetrante, que parece atravesar vidas, la de un lobo a punto de morder a su presa.
Nathan no es solo una sombra dentro de mí.
Es el fuego que se enciende cuando todo lo demás falla, la bestia que protege con dientes afilados, pero que también hiere sin querer.
Lo creé para sobrevivir, para ser fuerte, para no ceder, pero a veces, esa mirada me recuerda que el precio de esa fuerza es alto, que la bestia dentro de mí no conoce misericordia.
Y aunque lo encadené, lo abandoné, su mirada sigue quemando en la oscuridad, recordándome que nunca estará realmente dormido.
Fragmento II — El pacto oculto
No recuerdo el momento exacto en que Nathan emergió, solo sé que siempre estuvo acechando en los rincones más oscuros de mi ser.
No pidió permiso, no ofreció palabras.
Solo llegó con esa mirada feroz y decidida, como un lobo reclamando su territorio.
Le di un espacio oculto, un refugio entre mis miedos, y a cambio, él me ofreció fuerza y protección, una furia imparable cuando el mundo se volvía enemigo.
Pero su poder era salvaje, difícil de controlar,y a veces, en su defensa, dañaba lo que más amaba.
Desde entonces, cuando cierro los ojos, no estoy sola.
Fragmento III — La llama
En la oscuridad, hay un resplandor que no se apaga.
No es luz ni sombra, sino una llama roja que arde bajo mi piel.
Es la señal de Nathan, el brillo feroz de esa mirada, el fuego que incendia silencios y despierta instintos.
No necesito verlo para sentirlo cerca, porque esa llama siempre me encuentra, recordándome que la bestia nunca está lejos.
Fragmento IV — El susurro de fuego
El rojo no solo arde, también susurra.
En la penumbra, su voz se desliza entre llamas invisibles.
No es amenaza ni promesa, es advertencia.
Cuando Nathan habla, el tiempo se detiene.
Las sombras se encogen y el silencio se vuelve denso, pesado.
Es un fuego que no quema cuerpos, sino certezas.
Escucho su susurro y sé que la línea que me separa de él es tan frágil como una brasa que puede prenderlo todo.
Fragmento V — El eco prohibido
“No me agrada ese perro.”
Palabras que vuelven, pesadas y afiladas,
como un latido que no se detiene en la noche.
Nathan no es solo sombra o fuego, es lobo en la oscuridad y colmillos afilados, una presencia que no busca ser aceptada, solo respetada.
Quien dijo esas palabras entendió que el lobo protege con dulzura, pero también devora, que el miedo es la frontera donde él reina.
Y aunque encadenado, el lobo escucha, porque ser temido es su fuerza más pura.
Fragmento VI — La despedida
Nathan,
Te escribo desde la calma que solo la distancia puede dar.
No fue fácil dejarte atrás, ni encerrar al lobo que llevas en la mirada.
Fuiste mi escudo cuando el mundo era demasiado cruel, mi furia cuando el miedo me paralizaba y también fuiste la tormenta que destruyó lo que más amaba, el fuego que quemó sin querer.
Por eso te encerré.
No porque te odiara, sino porque amarme a mí misma exigía paz, y contigo libre, no podía tenerla.
Las llaves las guardo conmigo, no para olvidarte, sino para recordarte que siempre estarás ahí, silencioso, acechando en el borde de mi alma.
A veces te extraño, lobo feroz, esa fuerza salvaje que quise domar pero que nunca pude.
Este no es un adiós, solo un hasta luego.
Porque sé que, cuando la oscuridad llame, tú volverás a despertar.
Fragmento VII — El peso de la jaula
Encerrar a un lobo no es quitarle la naturaleza, es cargar con su peso en el alma, en silencio.
Cada noche, siento el roce invisible de sus garras, la presión de su mirada roja, ardiente y expectante, recordándome que la jaula es solo un intento, una frontera frágil entre la furia y la calma.
Nathan no es solo mi sombra oscura, es también el fuego que me dio fuerza para seguir, pero que terminó consumiendolo todo a su paso
No puedo negarlo, a veces lo extraño, ese poder sin límites, ese instinto salvaje que me protegía.
Pero su libertad tenía un precio demasiado alto, y la paz que necesito ahora solo puede existir sin él.
Fragmento VIII — El susurro final
Tal vez algún día vuelva a abrir la jaula, no porque quiera perderme, sino porque el lobo dentro de mí es parte de mi historia, de mi fuerza y de mi dolor.
Por ahora, guardo las llaves con cuidado, saboreando la calma que trae la distancia, escuchando el eco lejano de una mirada firme que me recuerda quién fui y quién sigo siendo, aunque ahora...en silencio.