Siempre me han gustado los astronautas.
No de una forma superficial, no como quien admira el espacio por lo bonito o lo desconocido. Hay algo más profundo ahí. Algo que nunca supe explicar del todo… hasta que conocí mi propia forma de existir.
Porque no es solo el espacio
Es lo que implica habitarlo.
Un astronauta no pertenece al lugar donde está. Puede recorrer distancias que la mayoría nunca alcanzará, puede ver cosas que otros jamás verán… pero lo hace en soledad. En silencio. Separado. Protegido por un traje que no es opcional, sino necesario para sobrevivir.
Y creo que, sin saberlo, siempre me identifiqué con eso.
Durante mucho tiempo no entendía por qué me sentía distinta. No era algo evidente hacia afuera, pero por dentro todo funcionaba de otra manera. Percibía más. Pensaba más. Sentía más profundo. Mientras otros parecían moverse con naturalidad en lo cotidiano, yo necesitaba observar, procesar, adaptarme.
Como si el mundo tuviera una gravedad distinta para mí.
Y entonces aparece la neurodivergencia… no como una etiqueta que me define, sino como una explicación que finalmente le pone palabras a algo que siempre estuvo ahí.
Pero entender eso no borra la experiencia.
Porque vivir así es, muchas veces, como ser astronauta en un planeta que no es del todo tuyo. Estás aquí, sí. Caminas entre los demás, hablas, te integras lo mejor que puedes… pero hay una distancia invisible que no desaparece.
Una capa. Un vidrio. Un casco.
Los astronautas no pueden quitarse el traje. No porque no quieran, sino porque hacerlo significaría dejar de poder existir en ese entorno.
Y yo entiendo eso más de lo que me gustaría admitir.
Durante años construí versiones de mí que pudieran funcionar aquí. Aprendí a leer el ambiente, a ajustar reacciones, a suavizar intensidades, a traducirme constantemente para encajar en un idioma emocional que no siempre era el mío.
Eso también es un traje.
Uno que te protege… pero también te separa. Y sí, hay algo hermoso en ser así.
Hay profundidad. Hay percepción. Hay una capacidad de ver más allá de lo evidente, de encontrar significado donde otros no lo buscan. Hay una forma distinta de amar, de pensar, de sentir.
Pero también hay distancia.
Porque no todo el mundo habita esas capas. No todo el mundo entiende ese idioma.
Y entonces pasa algo curioso: puedes llegar muy lejos… pero ese “lejos” no siempre tiene a alguien esperándote.
Puedes ver cosas increíbles… pero no siempre tienes con quién compartirlas de verdad.
Y ahí es donde la metáfora del astronauta deja de ser bonita… y se vuelve real. Porque no es solo exploración.
Es aislamiento.
Es avanzar sabiendo que no hay hogar en ese trayecto.
Es mirar alrededor y darte cuenta de que, aunque estás en un lugar extraordinario… sigue siendo vacío. Y sin embargo, sigo amando a los astronautas.
Porque hay algo en ellos que no se rinde, siguen avanzando, incluso en la soledad, siguen explorando, incluso sin garantías, siguen existiendo en un entorno que no fue hecho para ellos… y aun así, encuentran la manera.
Y tal vez por eso me reconozco ahí.
No en la perfección, ni en la valentía, ni en la idea romántica del espacio…Sino en esa forma de habitar lo imposible.
De adaptarse, de resistir, de seguir, incluso cuando todo alrededor es vacío. Porque a veces, ser diferente no se siente como un don, se siente como estar demasiado lejos de donde todo el mundo parece vivir.
Y aun así… aquí estoy.
Respirando dentro de mi propio traje...