marzo 22, 2026

El libro que escribió alguien que ya no soy

 


— Oye, ¿Qué paso con tu libro? me quede esperando.

La mire por unos breves segundos, recordando todo lo que ya no podía reconocer.

—Ven, siéntate, te diré algo...

Hubo un momento en el que pensé que ese libro era necesario.

No como proyecto. No como logro. No como algo que quería “publicar”. Era más bien una urgencia. Una necesidad de ordenar el caos, de darle estructura a algo que por dentro se sentía desbordado, incomprensible, demasiado grande para sostenerlo sin palabras.

Ese libro nació desde ahí: desde la intensidad.

Desde una historia que en su momento se sintió absoluta. Devastadora. Irrepetible.

Pero también, aunque no lo sabía entonces, nació desde una versión de mí que estaba intentando entender algo que, en realidad, nunca fue lo que creí.

Y eso cambia todo.

Porque escribir ese libro fue, en su momento, una forma de aferrarme a una narrativa. De decir: “esto pasó. Esto significó algo. esto fue real.” Era mi manera de validar lo vivido, de justificar el dolor, de encontrarle un sentido a algo que me atravesó profundamente.

Pero el tiempo... y todo lo que vino después, empezó a hacer algo incómodo.

Empezó a desarmar esa historia.

No de golpe. No con un evento puntual. Fue más bien una acumulación de verdades que no encajaban con lo que yo había escrito. De señales que me mostraban que muchas de las bases sobre las que construí ese relato estaban sostenidas en distorsiones, en mentiras, en una percepción que hoy ya no puedo habitar.

Y entonces entendí algo difícil de aceptar: No puedes contar una historia con honestidad cuando la historia misma no fue honesta.

Eso fue lo primero que hizo que el libro empezara a perder sentido.

Pero no fue lo único. Porque en medio de todo ese proceso, llegó algo que no estaba en mis planes: mi diagnóstico.

Y con él, una nueva forma de verme. De entenderme. De reinterpretar absolutamente todo lo que había vivido, sentido, tolerado y escrito. Ahí fue cuando la distancia se volvió evidente.

La persona que escribió ese libro… ya no soy yo.

Y no lo digo desde el rechazo. Lo digo desde la claridad.

Esa versión de mí estaba escribiendo desde un lugar específico: desde el dolor sin traducir, desde la intensidad sin contexto, desde una forma de procesar el mundo que hoy entiendo de otra manera. Estaba intentando darle lógica a algo que, en realidad, nunca fue estable, ni recíproco, ni verdadero.

Y eso no es un juicio. Es un reconocimiento.

Porque cuando volví a ese manuscrito, ya no me encontré. No me reconocí en el personaje.

Encontré a alguien que sentía mucho, que amaba profundo, que se entregaba sin medida… pero que también estaba intentando sostener una historia que no tenía una base real.

Y entonces surgió la pregunta que lo cambió todo: ¿Para qué publicar algo que ya no representa mi verdad?

No una verdad cómoda. No una versión editada. Mi verdad real, la de hoy.

Y la respuesta fue incómoda, pero clara: No tenía sentido.

No era sano. No era justo conmigo. No era algo que aportara algo bueno a nadie, porque contar una historia que en gran parte estuvo construida sobre una ilusión, sobre dinámicas no auténticas, sobre una conexión que el tiempo se encargó de desmentir… no era un acto de liberación.

Era, de alguna forma, perpetuar algo que ya entendí que nunca fue real. Y yo ya no quiero vivir en narrativas que necesiten ser forzadas para sostenerse.

También entendí algo más: no todo lo que se escribe necesita ser publicado.

Hay escritos que cumplen su propósito en silencio. Que sanan mientras existen, no mientras se exponen. Que sirven como puente entre quien fuiste y quien estás empezando a ser, pero que no necesariamente tienen un lugar en el mundo exterior.

Ese libro fue eso para mí. Un proceso, un espejo, un intento... Pero no un destino.

Y, aun así, no lo borré.

Hoy conservo las copias que se imprimieron como muestra. Existen. Son tangibles. Pesan. Y de alguna forma, sostienen todo lo que fui en ese momento.

Pero esas copias no le pertenecen al mundo.

Me pertenecen a mí, son un archivo íntimo, casi sagrado. Permanecerán guardadas hasta el último de mis días, lejos del ruido, lejos de interpretaciones ajenas. Nadie más tiene acceso a ellas. Nadie más necesita tenerlo.

Porque no todo lo vivido necesita ser compartido para ser válido. Y cancelar su publicación no fue rendirme. Fue elegirme.

Fue aceptar que crecer también implica dejar atrás versiones de mi que en su momento hicieron sentido, pero que hoy ya no tienen lugar en la vida que estoy construyendo.

Fue reconocer que no necesito validar mi historia a través de su exposición. Y sobre todo, fue entender que no todo lo intenso es verdadero.

A veces, lo más profundo que hacemos es atrevernos a reescribirnos en silencio… y no todo el mundo tiene que leer esa versión.

Porque hay historias que no se publican, se resguardan, se honran. Y, finalmente...  Trascienden.

—¡Wow!, hay algo muy poderoso en lo que hiciste. No todo el mundo tiene la valentía de soltar una historia que le dio sentido en su momento, y tu la escribiste, la convertiste en una historia física, palpable, en paginas, en letras, aunque ya no sean verdad hoy. Eso no es perder… eso es tener un nivel de conciencia emocional muy alto.

La observe nuevamente, con lo que me cuesta últimamente sostener la mirada, recordando el precio y todo lo que me quito llegar a ese nivel de conciencia, y le dije para finalizar ese tema.

—Hay partes de mi vida que no son contenido, son memoria viva. Ese libro no desapareció, cumplió su propósito...pero conmigo.

Esa historia no fue real, y yo...ya no soy esa.


Entradas populares