Parte I: La soberbia y la intensidad.
(El incendio)
—ven, te esperaba— dije viendo su porte refinado y lo lago de su cabellera.
—Sabes quien soy?— Me pregunto dejándome ver sus impecables colmillos.
— Si, como te dije, ya te esperaba. Vienes por mi?
—Aun no, tienes algo para tomar?—Con prisa saque la botella de la alacena y se la ofrecí con la mirada confiada
—Aquí tienes, ahora dime... que quieres?
— Vengo a saber porque ella? conoces las consecuencias.
Lo miro con los ojos en llamas y solo le digo —Es un sueño, veras, llevo casi la mitad de mi vida soñándola y antes de tenerla ya la anhelaba
— Pero no la tienes! —Me grita entre carcajadas y me pongo de pie, voy como quien flota en el aire y me recuesto en la ventana viendo la inmensidad de la noche
— Por que dices que no la tengo?
—- No te pertenece! —escupió de inmediato—No has querido ya lo suficiente-
De su manga saca los cadáveres de mi pasado y los tira sobre la mesa para que los vea.
—Nunca he querido suficiente, solo he querido de mas y no me arrepiento.
—Ella no quiere lo mismo que tú y entre conversaciones te lo ha dejado claro
—Haz leído mis conversaciones?— Le desafío con la mirada
— No, he leído lo que saber eso te causa
Da un trago de la botella y luego hace mueca de asco para mirarme sonriente. —Tienes razón, pero no me dejo intimidar por el vendaval de miedo que eso causa.
—No, le dijiste que solo quieres su cuerpo y eso no es cierto, has pensado que estas mas muerta que viva?
— Creo— Replique- que ya sabias que no hago mi vida de valor alguno sino la intensidad del tiempo vivido. Ambos nos quedamos en silencio por unos minutos— Sabes algo diablo? me aburro tanto en este planeta, quisiera que me ofrecieras un espectáculo de diez minutos.
— Fácil, puedo desencadenar cataclismo inédito entre tu y ella.
— Y te aseguro que saldré airosa de eso. Busco su fotografía en mi celular y miro fijo a sus ojos —Ya se que estoy condenada al secreto de todo esto que nos envuelve, es mas grande que tu y que yo.
—Tu no sabes nada, solo dejas que se divierta contigo, que te use.
— Y cual es el problema, no hago yo lo mismo?
Trata de atacar mis debilidades — Acaso no la amas? en tan poco tiempo te he visto hacer cosas que nunca habías hecho antes. Se retira el pelo de la cara para esperar mi respuesta.
— No, es mas grande que eso, y no se como explicarlo.— Guardo mi celular y le miro a la cara.- Solo se que sea lo que sea, es lo que siempre he querido...¡¡¡toda ella!!!. —digo en un suspiro — No tengo mucho que ofrecer, pero mis frutos son mi mejor dadiva — El diablo se sienta en silencio y me presta atención con la cara desencajada- Mi corazón alberga muchos miedos, terror de la justicia que castiga, terror de la injusticia que deja a los culpables de delitos peores en libertad para hacer mas daño, terror de ganar... de perder, terror de amar y terror del rechazo como también terror de que mis virtudes pasen inadvertido.
—Tengo la facilidad. —Me interrumpe. — de detectar dolores, remordimientos y heridas, justo lo que me gusta.
—Es verdad que no me diferencio gran cosa de los demás -Continuo al reconocer sus intenciones- y aunque un día pueda suceder una tragedia estoy orgullosa de que no he dejado mi vida correr sin arriesgar.
Me miro con su cara de decepción y al caminar a la puerta volteo para decir. —No huyas de mi, volveré.
—Aquí estaré... viejo charlatán.
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Parte II: La Caída y el pacto
(La condena)
La noche olía a tormenta, aunque el cielo todavía no había decidido romperse. Cerré la puerta con un leve empujón y supe que, tarde o temprano, él vendría. No por invocación, sino por simple puntualidad del destino.
No esperé mucho. Tres golpes secos, como un trueno comprimido, retumbaron en la puerta.
—Pasa —dije sin levantarme.
El diablo entró, impecable como siempre, aunque esta vez su porte no era de visita casual. Traía algo que le colgaba invisible de los hombros… un peso que parecía disfrutar.
—Vengo a cobrar —me dijo, sonriendo como quien ya probó la victoria antes de la batalla.
—Lo sé —respondí, y mis manos se aferraron al borde de la mesa para que no notara el temblor.
Se acercó despacio, sus pasos resonando sobre el suelo como si cada uno midiera mi resistencia.
—¿Recuerdas cuando te dije que podía desencadenar un cataclismo inédito entre tú y ella?
Lo recordaba perfectamente. Recordaba también mi propia soberbia al responder que saldría airosa.
—Sí —admití, tragando saliva.
—Pues lo hice. Y perdiste. —Lo dijo sin crueldad, pero con esa satisfacción de quien solo confirma lo inevitable.
Bajé la mirada. El derrumbe no había sido un estallido, sino una lenta demolición de cada certeza que me sostenía. No hubo gritos ni escenas grandiosas, solo la claridad helada de que ya no quedaba nada que recuperar.
—Pensé… que lo resistiría —susurré.
—Ese fue tu error. Creíste que tu fuerza estaba en ti, cuando en realidad estaba en ella. Y cuando ella dejó de sostenerte… caíste.
—Sabías que esto pasaría… —murmuré— y aun así me dejaste avanzar.
—Claro —respondió con ligereza—. Porque no soy tu enemigo, soy tu catalizador. Ella fue el incendio, yo solo traje el viento.
Sacó de su bolsillo algo que parecía una moneda negra, mate, sin brillo. La colocó frente a mí.
—Cumple tu trato.
Mis dedos rozaron la moneda. Sentí un frío líquido recorrerme hasta el pecho.
El frío no me sorprendió, ya lo había sentido antes, en aquellas noches de insomnio donde imaginaba este momento. Siempre supe que mi última llama no se encendería para muchos, sino para una sola, y que, al extinguirse, me dejaría con un corazón intacto… pero clausurado
—Si la tomo, no hay vuelta atrás —dije más para mí que para él.
—Si no la tomas, te quedarás atrapada en el duelo eterno —contestó, girando la moneda como si el tiempo dependiera de ese pequeño giro metálico—. Cumple.
Lo miré sin rabia, porque nada de esto me era ajeno.
—Ya estaba pagado —dije al fin, cerrando la mano sobre el metal.
El diablo sonrió, satisfecho, y se marchó sin decir palabra. Afuera, la tormenta decidió romperse. Y dentro de mí… también, pero condenada al silencio eterno.
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Parte III: La trascendencia y la rebelión.
(La redención)
La lluvia llevaba horas golpeando las ventanas cuando volvió.
No tuve que abrirle.
La cerradura cedió sola, como si la casa pudiera reconocerlo.
Entró sin elegancia esta vez. Sin aquella sonrisa impecable ni la teatralidad de otras noches. Traía el cabello húmedo y la oscuridad pegada al cuerpo.
—No te esperaba. Pensé que ya habías terminado conmigo — dije desde el sofá, sin apartar la vista de la taza fría entre mis manos.
—Así fue, pero el silencio que dejaste empezó a hacer ruido.
Sentí un escalofrío recorrerme lentamente. No porque sus palabras me asustaran. Sino porque entendí exactamente a qué se refería. Así que lo miré en silencio.
El diablo observó la habitación.
Había libros abiertos en el suelo, pero ya no había caos. No había botellas vacías ni madrugadas rotas sobre la mesa. No había lágrimas, ni vasos a medio llenar, tampoco cenizas acumuladas en un plato improvisado, pero sí un cansancio suspendido en el aire que ni siquiera él parecía querer tocar.
—Ya no luces tan desafiante. — Comentó sin expresión.
—Y tú ya no luces tan divertido.
Sus ojos se clavaron en mí, afilados.
—¿Sigues viva?
La pregunta me hizo sonreír apenas. —Depende de qué entiendas por vivir.
Él avanzó lentamente hasta quedar frente a mí.
—Tomaste la moneda.
—Lo recuerdo.
—Entonces deberías estar vacía.
Levanté la mirada.
—Lo estuve.
Por primera vez desde que lo conocía, el diablo pareció confundido.
Porque sí, hubo noches donde el silencio pesaba más que mi cuerpo. Noches donde el duelo se me acostaba encima del pecho y respirar era una tarea humillante. Noches donde imaginé arrancarme cada recuerdo para poder dormir una sola vez sin sentir su ausencia respirándome en la nuca. El recuerdo de la vez que algo dentro de mí ardió con la violencia suficiente para iluminarlo todo y destruirme al mismo tiempo.
Después de ella no hubo incendios. No hubo nuevas promesas. No hubo otro amor capaz de atravesarme la piel.
Pero algo había ocurrido. Algo pequeño. Terriblemente pequeño. Y aun así suficiente. —Creí que el dolor me iba a destruir —continué—. Y lo hizo. Pero cometiste un error.
Él ladeó la cabeza.—¿Yo?
—Pensaste que después de todo ya no quedaba nada en mí.
El diablo soltó una carcajada baja. —¿Y queda?
Miré mis manos.
Las mismas manos que una vez temblaron suplicando respuestas ahora descansaban tranquilas. Y con algo mucho peor: Vacío.
—Quedé yo.
El silencio cayó pesado entre ambos. Afuera, la tormenta seguía rugiendo, pero ya no parecía una amenaza. Solo ruido.
—Pensé que quedarías destruida —dijo finalmente.
—Lo estuve.
—No. —Negó despacio—. La destrucción hace ruido. Tú no.
Nuevamente bajé la mirada hacia mis manos.
A veces todavía recordaba su voz. A veces recordaba sus ojos. A veces incluso extrañaba la versión de mí que existía cuando ella estaba. Pero la llama ya no vivía ahí.
Y entendí.
La moneda nunca había sido un símbolo. Había sido un precio. No pagué con ella para olvidar. Pagué para no volver a arder jamás.
Solo quedaba el eco del incendio.
— ¿Por qué volviste? —pregunté.
El diablo tardó unos segundos en responder.
—Porque jamás había visto a alguien sobrevivir a su propia condena de esta manera.
Una risa pequeña escapó de mis labios.
— Solo aprendí a caminar vacía.
Él se acercó un poco más.
—Eso debería haberte vuelto cruel.
—Y sin embargo no lo hizo. — Le dije con una mirada compasiva.
El diablo me observó en silencio, como si intentara entender algo que escapaba incluso a su naturaleza.
—¿Sabes? Ese es el problema contigo. Crees que el amor desaparece solo porque deja de doler o de arder.
—¿Todavía lo llevarías contigo?
La pregunta atravesó la habitación lentamente. Pensé en todo lo que despertó dentro de mí. Pensé en las conversaciones interminables. Pensé en la versión de mí misma que murió intentando sostener algo imposible.
Y aun así…
—Sí.
El diablo cerró los ojos un instante, como si aquella respuesta le resultara insoportable.
—Eres incorregible.
La frase no era una pregunta.
Cerré los ojos un instante y pensé en su sonrisa. —Sí.
—Entonces la moneda falló.
Negué lentamente.
—No. La moneda hizo exactamente lo que prometió.
Abrí los ojos y lo miré directamente.
—Nunca dijiste que olvidaría. Ese fue tu error. Solo me dejó incapaz de volver a sentir algo así por alguien más. Ella había sido la última llama. La última vez que algo dentro de mí se encendió con esa violencia absurda de querer entregar el alma completa. Después de ella… ya no quedó combustible. Ni siquiera para ella.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Pero esta vez no pesaba igual.
Porque finalmente comprendía algo que antes no podía nombrar. El silencio nunca fue ausencia.
Se convirtió en presencia, en una habitación invisible donde todavía respiraban los restos de todo lo que sentí. Y quizá por eso él había vuelto.
Porque incluso el diablo desconocía lo que ocurre cuando un amor no desaparece… solo deja eco.
La tormenta empezó a disminuir y por primera vez, él parecía incómodo.
—¿Sabes qué era lo que más me gustaba de ti? —preguntó de repente.
—Sorpréndeme.
—Tu capacidad de autodestruirte por cosas que sentías eternas. Tú nunca quisiste paz. Querías intensidad. Querías consumirlo todo.
—¿Y ahora?
Me miró fijamente.
—Ahora ya no sé qué hacer contigo.
Sonreí. Porque finalmente lo entendía: No había ganado. No había perdido. No había regresos gloriosos ni destinos escritos en fuego. Solo había sobrevivido, y a veces, sobrevivir también es una forma de rebelión.
El diablo caminó hacia la puerta dándome una mirada impasible antes de atravesarla. Esta vez no prometió volver.
Esta vez fue él quien huyó primero.
Y yo…
Yo me quedé escuchando la lluvia sin sentir miedo de que el cielo se rompa mil veces.
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Me quemé para aprender a caminar ligera
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