Siempre fui diferente, no de esa diferencia que se nota por fuera y se vuelve etiqueta fácil.
La mía era silenciosa, Invisible, Incómoda. Desde pequeña sentía que el mundo tenía un ritmo que yo no entendía del todo, las conversaciones iban demasiado rápido o demasiado superficial, las miradas decían cosas que nadie explicaba, las reglas cambiaban sin previo aviso. Yo observaba... Siempre observando, aprendiendo a copiar gestos, tonos, reacciones, ensayando cómo reírme cuando los demás se reían, calculando cuánto contacto visual era “normal”, midiendo mis palabras para no sonar “intensa”, “dramática”, “demasiado”.
La mía era silenciosa, Invisible, Incómoda. Desde pequeña sentía que el mundo tenía un ritmo que yo no entendía del todo, las conversaciones iban demasiado rápido o demasiado superficial, las miradas decían cosas que nadie explicaba, las reglas cambiaban sin previo aviso. Yo observaba... Siempre observando, aprendiendo a copiar gestos, tonos, reacciones, ensayando cómo reírme cuando los demás se reían, calculando cuánto contacto visual era “normal”, midiendo mis palabras para no sonar “intensa”, “dramática”, “demasiado”.
Y lo más irónico es que, mientras yo hacía todo ese trabajo interno, nadie notaba mi inteligencia, no veían mi capacidad de observar patrones, no veían cómo conectaba ideas que otros ni siquiera relacionaban, no veían mi creatividad esplendida.
No veían mi mundo interior lleno de conceptos, símbolos, estructuras y posibilidades... mientras otros eran, yo analizaba como ser.
Siempre fui demasiado...
Demasiado sensible.
Demasiado profunda.
Demasiado analítica.
Demasiado emocional.
Demasiado LITERAL.
Demasiado sensible.
Demasiado profunda.
Demasiado analítica.
Demasiado emocional.
Demasiado LITERAL.
Pero NUNCA demasiado comprendida.
Mientras otros parecían moverse con naturalidad en grupos, yo sentía que actuaba en una obra cuyo guion nadie me había dado, si, me cansaba de socializar, pero no porque no me gustara la gente… sino porque descifrarla me agotaba, yo no entendía las medias tintas.
Si amaba, amaba con todo, si creía, creía con todo.
Y cuando descubrí que el mundo no funciona así, dolió.
Dolió entender que no todos sienten con esa intensidad, que no todos dicen lo que piensan, que no todos viven desde la coherencia.
Me llamaron exagerada.
Me llamaron rara.
Me llamaron fría cuando me saturaba y me alejaba.
Me llamaron intensa cuando hablaba desde el alma.
Aprendí a callar partes de mí para encajar, aprendí a sonreír cuando quería irme.
Aprendí a fingir que el ruido no me molestaba, aprendí a soportar el caos por dentro mientras por fuera parecía tranquila.
Pero fingir cansa.
Y un día supe que no estaba rota.
No era dramática, era hipersensible en un mundo que premia la desconexión.
No era complicada, era profunda en un entorno superficial.
Simplemente mi cerebro funciona distinto, mi forma de percibir el mundo es distinta.
Mi manera de amar es distinta, mi sensibilidad no es fragilidad, es profundidad, mi intensidad no es defecto, es autenticidad.
Siempre fui diferente, sí, pero no equivocada.
Hoy no quiero encajar en moldes que me asfixian, no quiero reducir mi esencia para ser digerible, no quiero disculparme por sentir tanto, por pensar tanto, por necesitar silencio y espacio... por necesitar verdad.
Si siempre me sentí fuera de lugar, no era porque no perteneciera al mundo…
era porque el mundo aún no tenía palabras para explicarme.
Hoy sí las tiene...
Hoy quiero existir sin mascaras...
Siempre fui diferente... siempre fui Autista.
