Después del diagnóstico muchas personas me dicen: “Desde que lo supiste, estás más autista.”
Pero no.
No me volví más autista. me volví menos enmascarada. Durante años mi cerebro hizo algo extraordinario: COMPENSAR.
Hay algo de lo que casi no se habla cuando una mujer recibe un diagnóstico de autismo en la adultez, se habla del alivio, de la claridad y de por fin tener una explicación.
Pero poco se habla de lo que viene después.
La regresión.
No es una regresión infantil en el sentido literal, no es que una mujer “deje de ser adulta”.
Es algo mucho más profundo, es cuando, después de toda una vida sosteniéndose con máscaras, el cuerpo simplemente deja de poder hacerlo.
Durante años aprendimos a funcionar.
A sostener rutinas, trabajos, vínculos y expectativas que consumían toda nuestra energía.
Y lo hicimos tan bien que nadie lo notó. Pero el diagnóstico cambia algo profundo, no porque nos vuelva más frágiles. Sino porque, por primera vez, entendemos lo que nos ha costado sobrevivir y cuando esa verdad aparece… el cuerpo deja de luchar contra sí mismo.
Ahí comienza la regresión.
De repente la energía que antes parecía inagotable desaparece, las tareas más simples se vuelven difíciles. Socializar, que antes se lograba a base de esfuerzo invisible, empieza a sentirse imposible.
Muchas mujeres describen lo mismo: más necesidad de silencio, más necesidad de aislamiento, más dificultad para sostener el ritmo de vida que antes mantenían.
No es que el autismo “empeore” es que la máscara se cae.
Es el sistema nervioso diciendo: “Ya no tengo que seguir funcionando como si nada pasara.”
También aparece algo que puede doler profundamente: el duelo.
Duelo por los años vividos en confusión, duelo por la niña que no fue entendida, duelo por la adolescente que pensó que algo estaba mal con ella, duelo por la mujer que se exigió más de lo que su cuerpo podía sostener.
A veces la regresión trae meltdowns más intensos o agotamiento profundo y una necesidad inmensa de retirarse del mundo durante un tiempo... ahora estoy en ese ultimo punto.
Y desde afuera puede parecer desconcertante.
“¿Por qué ahora, si siempre habías podido con todo?”
Porque nunca se pudo “con todo” solo se sobrevivió. La regresión no es un fracaso.
Es una descompresión.
Es el momento en que el sistema nervioso, después de años de tensión constante, empieza a soltar y soltar no siempre se ve bonito, a veces se ve como cansancio, como confusión, como una mujer que necesita detenerse y reconstruirse desde cero.
Pero también hay algo profundamente humano en ese proceso porque en medio de esa aparente pérdida de funcionamiento, algo más auténtico comienza a aparecer: La persona real, la que ya no quiere vivir desde la máscara, la que empieza a escuchar su propio ritmo, la que aprende a poner límites donde antes solo había resistencia, la que se mantiene lejos para proteger su energía y sus procesos sensoriales, la que ya no teme decir que no cuando no quiere hacer algo.
La regresión no es retroceder.
Es volver, volver al cuerpo, volver a los límites reales, volver a la sensibilidad que siempre estuvo ahí y respetarla.
Es el inicio de una vida más honesta.
Una vida donde la supervivencia deja espacio, poco a poco, para algo que muchas mujeres autistas nunca habían experimentado del todo: Paz.
Porque por primera vez, mi ''rareza'' está destinada a existir.
