El aroma a café recién molido llenaba el lugar mientras me acomodaba en una mesa junto a la ventana. Entre la bruma ligera del vapor, la vi.
Las demás mesas estaban ocupadas, y ella se acercó:
—¿Puedo sentarme aquí? —preguntó con voz suave, señalando mi mesa.
—Claro —dije, apenas notando cómo mi corazón reaccionaba ante su presencia.
Tenía el pelo largo, brillante, que caía como un río oscuro sobre sus hombros, y cada movimiento suyo parecía ensayar un baile silencioso. No era solo su belleza; era la forma en que estaba presente, con calma, como si el mundo se doblara a su alrededor sin esfuerzo.
Se sentó y comenzó a hablarme, y de inmediato sentí algo extraño: una mezcla de serenidad y curiosidad que me sacudía por dentro. Cada palabra suya era medida, segura, cálida; inteligente sin arrogancia, capaz de iluminar pensamientos que no sabía que tenía.
No supe cuándo empezó, pero mi mirada se perdió en la manera en que sus manos rozaban la taza, en la ligera sonrisa que se dibujaba al explicarme algo, en la calma que irradiaba, como si pudiera detener el tiempo con solo existir.
Me hacía sentir dos cosas a la vez: tranquilidad y urgencia, como si quisiera acercarme y al mismo tiempo detenerme a contemplarla desde lejos. Como si cada gesto suyo fuera un enigma que no podía dejar de intentar descifrar.
Y mientras la escuchaba, algo me resultaba sorprendentemente familiar. Era como si la conociera desde siempre, como si su presencia despertara ecos de algo olvidado, algo que había habitado mi alma en otros tiempos.
Pero al mirar detrás de ella, un escalofrío recorrió mi espalda: el rostro del Diablo se asomaba, sombrío y burlón, recordándome el vacío que habita en mi interior. Un recordatorio de que, por mucho que algo pueda sentirse familiar y cálido, siempre hay un abismo que me separa de la plenitud.
Aun así, ella seguía allí, su voz calmada, su mirada intensa, y un hilo invisible de algo, desafiando la oscuridad y el vacío que sabía que me acompañaría siempre.
