Una hija nunca deja de necesitar a su papá.
Porque para una hija, tener a su padre es lo que le permite seguir siendo niña, incluso cuando la vida la obliga a crecer.
Mientras papá vive, hay un lugar donde una siempre puede volver a ser pequeña, frágil, protegida.
Para un padre, su hija no envejece jamás.
Puede cambiar de edad, de voz, de caminos… pero en sus ojos siempre será su niña.
El día que mi padre murió, no solo se fue él.
Ese día se me apagó la infancia.
Se cerró el refugio donde aún podía descansar mi niña interior, donde sabía que, pasara lo que pasara, papá estaba.
Hoy camino distinta.
Más adulta, más consciente… pero con un vacío sagrado.
Porque perder a un padre es aprender a vivir sin red, es entender que hay amores que no se reemplazan y presencias que, aun ausentes, siguen sosteniéndonos.
Gracias, papi, por haber sido mi hogar.
Por dejarme ser niña mientras estuviste aquí.
Tu esencia vive en mí… sigo siendo tu hija, para siempre.
