—¿Sabes lo que me asusta? —dije, mirando al suelo—. Que cambiar signifique perderme otra vez.
—No te pierdes —respondió ella con voz suave—. Te transformas. Como la piel que se renueva o la herida que cicatriza.
—Se siente como romperse en mil pedazos.
—Claro que duele, porque no eres de piedra. El dolor es la señal de que estás dejando espacio para lo nuevo.
—¿Y si lo nuevo no me gusta? ¿Si no reconozco a la persona en la que me convierto?
—Entonces recuerda que siempre has sido muchas. La niña que fuiste, la mujer que eres, la que aún no conoces… todas viven en ti. La metamorfosis no borra, integra.
Me quedé en silencio, sintiendo el peso de sus palabras.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Has cambiado alguna vez tanto que ya no supiste quién eras?
Ella sonrió con melancolía.
—Sí. Pero aprendí algo: en cada transformación, aunque me desconozca, siempre queda intacto un núcleo… ese pequeño fuego que me recuerda quién soy de verdad.
—¿Y si yo no encuentro ese fuego?
—Entonces préstame tu mano —me dijo—. Lo buscaremos juntas.
