mayo 21, 2026

De aquello que aún nos visita en sueños




Hay sueños que no acuden a nosotros para confundir el espíritu, sino para revelarle, con la desnudez incorruptible de lo onírico, aquellas verdades que durante la vigilia sabemos sostener… mas no siempre sentir con igual hondura.

Soñar con quien se amó profundamente —y acaso, en algún recinto callado del alma, todavía se ama— no constituye flaqueza, ni recaída, ni señal alguna de extravío.

Es, más bien, la confirmación de una verdad más antigua y más severa: que aquello que ha sido verdadero no desaparece por el mero acto de apartarse, ni se extingue porque la razón haya comprendido aquello que el corazón aún demora en soltar.

Porque hay saberes que la conciencia alcanza primero, mas el cuerpo —ese archivo fiel de toda ternura vivida y de toda herida recibida— requiere de otro tiempo para comprender.

El cuerpo recuerda.

Recuerda la proximidad que aquietaba el mundo. Recuerda la misteriosa concordancia de ciertos silencios. Recuerda el abrigo de una presencia bajo la cual el ruido de la existencia parecía, por un instante, cesar.

Y entonces sobreviene el sueño.

Y en él no comparecen ni el orgullo, ni la distancia, ni la firme resolución de lo decidido. Solo comparece la verdad desnuda del sentir. Y allí vuelve uno a encontrarse frente a aquello que ya había entregado al tiempo, sintiendo todavía lo que, con plena conciencia, había elegido dejar atrás.

Mas conviene no confundir lo uno con lo otro.

Sentir no es elegir. Puede el alma conservar intacta cierta forma de amor, y aun así saber —con una claridad grave e irrevocable— que aquello ya no le pertenece a su destino.

Puede extrañarse profundamente… sin por ello volver.

Puede recordarse con ternura… sin abdicar de los propios límites. Y en esa renuncia serena, en esa fidelidad hacia una misma, también habita una forma más madura y más severa del amor: aquella que, antes de entregarse al otro, aprende a no traicionarse a sí.

Porque existen vínculos que no concluyen por ausencia de amor, sino porque el amor, por sí solo, resulta insuficiente allí donde faltan la verdad, la coherencia y el cuidado que toda unión verdadera reclama.

Y entonces la vida —con su sabiduría austera— impone una de las decisiones más hondas y más dolorosamente adultas que puede conocer el alma: elegirse a sí misma, aun cuando ello exija apartarse de aquello que todavía ama.

Soñar con esa persona es, muchas veces, el último gesto compasivo de la memoria: A veces, el sueño no comparece únicamente para devolvernos un rostro amado, sino para consumar, bajo la pálida majestad de aquella luna que un día fue muda testigo de nuestras promesas, aquello que la realidad, con su severidad inexorable, jamás permitió florecer.

Y allí, en esa patria secreta donde la lógica del mundo pierde su imperio, lo incumplido encuentra por fin cumplimiento; lo interrumpido halla su cauce; lo que en la vida quedó suspendido en la herida del “hubiera sido”, en el sueño acontece con una plenitud tan serena y tan verdadera, que al despertar el alma no sabe si llorar lo perdido… o agradecer haberlo vivido, aunque solo haya sido en la región incorruptible de lo invisible. Un abrazo que en la realidad no halló reposo, una conversación que jamás alcanzó la verdad que merecía, un instante de paz concedido tardíamente por el espíritu allí donde la vida no supo concederlo.

Mas también despertar forma parte del rito.

Despertar… y recordar por qué fue necesario partir.

Despertar… y sostener la decisión aun cuando el pecho conserve su peso secreto.

Despertar… y comprender, con la lucidez que solo otorga la herida bien entendida, que amar no siempre significa permanecer.

Hay amores que no han sido llamados a acompañarnos toda la vida, pero sí a transformarnos para siempre. Y acaso, en el fondo, toda esta pena luminosa encierre una sola enseñanza: aprender que es posible sentirlo todo… sin dejar de pertenecerse.

Yo aún la encuentro en el único territorio que acaso nos pertenecerá eternamente: el sueño.

Mas ya no me castigo al despertar.

Porque no es retroceso lo que allí acontece. Es, acaso, la forma secreta en que el alma termina de despedirse… en el único lugar donde aquello que fue, todavía existe.

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