Nada revela tanto la naturaleza de un amor como la obstinación con que permanece dispuesto a recibir aquello que el mundo juzga improbable.
No hablo aquí de la espera humillada, esa que mendiga señales, ni de la paciencia servil que se conforma con migajas arrojadas desde la indecisión. Hablo de otra espera: más serena, más alta, casi sin eco. La de quien no suplica presencia, pero conserva intacta la capacidad de abrazarla si un día llega entera.
Mi alma conoce esa forma de vigilia.
No aguarda promesas nuevas, pues ya aprendió cuán ligeras suelen ser ciertas palabras cuando no las sostiene el carácter. No espera excusas bien adornadas, ni narraciones tristes con que algunos justifican su cobardía. No solicita pruebas teatrales, ni juramentos pronunciados al calor de una emoción momentánea.
Espera una sola cosa: Un paso firme.
Un gesto tan sencillo que por su misma sencillez desenmascara a casi todos. Porque abundan quienes saben sentir, quienes saben decir, quienes saben mirar con nostalgia desde lejos; pero escasean aquellos capaces de avanzar con la gravedad serena de quien ha decidido.
Si ese paso viniera, mi alma no le pediría cuentas al pasado.
No abriría archivos polvorientos para exigir reparación de cada herida. No impondría penitencias tardías ni haría del antiguo dolor un tribunal perpetuo. Hay dolores que, una vez comprendidos, pierden su afán de venganza.
Y el mío, si algo conserva... no es rencor.
Es discernimiento.
Si ese paso viniera, no preguntaría primero por los obstáculos externos, por las voces ajenas, por las circunstancias adversas, por los muros con que la vida acostumbra entretener a los indecisos.
Porque ciertas limitaciones pesan, sin duda. Mas no pesan tanto como para vencer a dos voluntades verdaderamente resueltas.
He aprendido que muchos llaman imposibilidad a lo que solo es falta de arrojo. Nombran destino a su tibieza. Atribuyen al mundo la renuncia que secretamente ya habían elegido.
No me engañan ya tales disfraces.
Si llegase con la verdad desnuda entre las manos, mi alma la reconocería al instante. Y reconocería también algo más raro todavía: la humildad de quien por fin comprende que amar no consiste en orbitar la vida ajena con señales ambiguas, manteniendo el ''control'' por no asumir el riesgo, sino en entrar en ella con presencia clara.
Entonces no habría reproche. No habría interrogatorio. No habría esa mezquina satisfacción de ver postrada a quien un día se ausentó.
Habría algo infinitamente más difícil: Naturalidad.
La antigua alegría levantándose de su sitio como si jamás hubiese partido. La paz ocupando de nuevo los rincones donde antes dormía la sospecha. Dos seres dejando de discutir con el mundo para dedicarse, al fin, a compartirlo.
Porque cuando el amor es verdadero, no necesita vencer todas las circunstancias para existir.
Le basta con no usarlas más como escondite. Yo no espero perfección. No espero heroísmos. No espero una vida libre de límites, ni un horizonte limpio de conflictos.
Espero valor.
Ese raro metal del alma con que algunos atraviesan la niebla y otros prefieren adornarla. No hablo de una valentía impecable, sino de la verdad que, aun con miedo, decide caminar hacia lo que reconoce. Porque hay temores que no se vencen en soledad; se atraviesan de la mano, y yo sabría construir la seguridad serena donde esa decisión pudiera afirmarse sin volver a temblar.
Y si ese valor llegase encarnado en sus pasos, hallaría algo que nunca dejó de pertenecerle del todo, No mi sumisión. No mi antigua ceguera. No la ingenua devoción de quien confundía demora con profundidad.
Hallaría algo mejor. Un amor que maduró en la ausencia. Un corazón que aprendió a no arrodillarse ante lo incierto. Un alma que ya no espera promesas… pero que aún sabe reconocer una verdad cuando camina hacia ella.
Un amor que ya no necesita vencer al mundo, sino dejar de usarlo como escondite.
No soy alguien que convierte su amor en un museo donde ir a hacer catarsis, que solo sirve para seguir aguantando la distancia.
No soy una náufraga mirando al horizonte a ver si aparece un barco; soy el faro. El faro no busca, el faro permanece. Mi luz es constante y quien quiera llegar a tierra firme, sabe dónde encontrarme.