Siempre hubo algo en la forma en que mi cuerpo tocaba el mundo que no terminaba de encajar. Los movimientos más simples podían desviarse.
Lo cotidiano podía romperse. Lo que para otros era automático, en mí parecía tener un margen de error invisible. No era torpeza, aunque así lo pareciera desde afuera. No era descuido, aunque eso fuera lo que se repetía.
Era algo más difícil de explicar. Había una distancia sutil entre lo que mi mente creía que estaba haciendo… y lo que realmente ocurría.
Colocar algo podía ser demasiado.
Sostener mi propio peso podía salirse de medida. Caminar en línea recta podía convertirse en un tropiezo inesperado y lo más desconcertante era eso: lo inesperado. Porque desde adentro no había exceso.
No había una sensación clara de estar usando más fuerza de la necesaria. No había una alerta que dijera “esto es demasiado”.
Solo sucedía.
Y después venía la consecuencia. Algo roto. Un golpe. Un error que no sabía anticipar y la pregunta que siempre quedaba flotando: ¿Cómo pasó?
Esa pregunta me acompañaba siempre.
No encontraba una respuesta lógica. No había un momento exacto que pudiera señalar, una decisión equivocada que pudiera corregir. Era más bien una acumulación de pequeños desajustes, de movimientos que no coincidían del todo con la intención.
Como si mi cuerpo y el mundo no compartieran las mismas medidas.
Como si yo no tuviera acceso completo a esa regla invisible que le dice a otros cuánto es suficiente. Con el tiempo, eso no solo se volvió físico. Se volvió interno.
Empecé a dudar de mis manos. De mis movimientos. De mi capacidad de interactuar con el entorno sin alterarlo.
Había una tensión constante, un intento de control que nunca terminaba de ser suficiente. Porque no se trataba de hacerlo con más cuidado. Se trataba de algo que no sabía nombrar.
Mi propiocepción.
Esa forma en la que el cuerpo entiende su fuerza, su peso, su lugar en el espacio. En mí, nunca fue precisa. No estaba ausente. Pero tampoco era clara.
Y entender eso no borró lo vivido, pero cambió la forma en que lo sostengo. Porque entonces dejé de interpretarlo como un defecto. Dejé de pensar que había algo incorrecto en mí. Dejé de asociar cada error con una falla personal.
Y empecé a verlo como lo que siempre fue: Una manera distinta de habitar el cuerpo. Una forma de moverse en el mundo sin acceso completo a sus medidas.
Hoy sigo aprendiendo.
A pausar. A observar. A reconocer mis límites físicos. Pero ya no desde la culpa, sino desde el entendimiento.
Porque no hay nada roto en mí.
Nunca lo hubo. Solo había una fuerza que no sabía medirse…
y una persona intentando vivir con ella.