El funeral de mi padre me enseñó algo que nunca había entendido del todo: todos, incluyéndome, tenemos un final. Y cuando esa verdad deja de ser una idea y se vuelve experiencia, la vida ya no se vive igual.
Entendí lo frágil que es todo. Lo rápido que puede cambiar. Lo fácil que es perder lo que damos por sentado. Desde entonces, empecé a soltar lo que no importa, a valorar el presente y a mirar a las personas que amo con más profundidad.
Su muerte no me apagó. Me despertó.
Me obligó a vivir con intención... A decir lo que siento, a estar más presente, a no postergar la vida.
No fue solo una despedida.
Fue una lección que cambió mi forma de vivir.
