A veces la vida se trata de regresar, no siempre hacia un lugar, sino hacia una misma.
Pase tanto tiempo intentando entender, sanar… que por fin comprendí que no se trataba de entenderlo todo, sino de volver a habitarme.
He cambiado.
Pero no como quien se rompe, sino como quien se expande.
He aprendido a disfrutar mi silencio sin sentirlo vacío, a ver belleza en la rutina, a agradecer los días simples donde no pasa nada extraordinario, porque yo soy lo extraordinario que habita en ellos.
Ya no busco señales afuera.
Ahora las encuentro en mi respiración, en el brillo de mi piel después que el sol la toca, en la mirada curiosa de mi gato, en las ideas que despiertan cuando el mundo duerme, en la cabellera de mi amada cuando roza mi cara.
Mi vida no gira alrededor de lo que deje atrás, sino de todo lo que sigo creando, aprendiendo y amando.
Estoy presente.
Y aunque alguna vez fui reflejo en ojos ajenos, hoy soy fuego que centellea en los míos propios.
No necesito que nadie lea entre líneas para entenderme; mi historia no se esconde en lo que fui, ni en mis tragedias, sino en lo que decido ser cada día.
Correr hacia mí ha sido mi acto más valiente y poderoso.
Aquí estoy; libre, luminosa y escribiendo para recordármelo.