Alguien me ha dicho que las personas somos lo que sentimos y somos lo que vivimos con intensidad y ella es recuerdos, es nostalgia, deseo, tristeza y sonrisas. Es locura y abrazos, en un atardecer mirando el paisaje que se cuela por sus costuras y una lagrima abre una vieja herida.
Nadie me creería si contara que la vi sola, aislada, rodeada de indiferencia e invisible al mundo. Pero no, estaba allí, ocupaba la silla de la atención y sin mas recibí el brillo de su mirada, donde yo fui la causa de sus sonrisas y asi empezó dentro de mi, por fin, la fiesta interminable y cuando el torbellino me devolvió a casa, volví a ser yo pero de una forma nueva.
Y la amo porque ha aprendido a vivir y a disfrutar incluso de los malos momentos, porque siempre ha estado ahí, en un papel secundario pero olvidando que en realidad es la protagonista, se mira al espejo y se pasa la vida sonriendo, quiere a los demás sin esperar que sea respondida de la misma forma, cada día se conoce un poco más y le encanta, es fuerte y capaz de caerse las veces que hagan falta y volver a levantarse, aprende cada día algo nuevo y lo comparte. A veces olvida por andar distraída que vive acostada en mis pupilas y aunque son el hogar del caudal del llanto también lo son de los sueño, y mi sueño es que sigan siendo siempre mi lugar feliz.
